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Perder o perder



Hay un dicho que asegura que lo bueno sigue siendo bueno, siempre que venga en cantidades correctas. Que a partir de una medida determinada todas las cosas comienzan a dilapidar su magia y a trastocarse en lo mundano. Dicha expresión podría usarse por ejemplo para definir los clásicos españoles de futbol entre los equipos Barcelona y Real Madrid, que a partir del año pasado, han venido sucediéndose con una frecuencia inusitada.

Dado el carácter, tradicionalmente épico de estos clásicos, tanto partido entre estos equipos ha llegado a saturar a parte del público y la prensa. Sin embargo este servidor se declara encantado con dicha circunstancia. Mis límites para el buen futbol están lejos de ser sobrepasados, y recibo cada uno de estos encuentros con la misma ilusión de un regalo de cumpleaños.

Pero el hecho de vivir en Cuba (“la maldita circunstancia del agua por todas partes”) acarrea determinados inconvenientes para un aficionado al futbol. Comenzando por el detalle minúsculo de que el acceso a las grandes cadenas deportivas internacionales está vedado para el ciudadano promedio que no quiere meterse en problemas con la ley (si usted se pasa de listo y monta la antena parabólica en su casa, escondida, camuflada, quizás pueda deleitarse un par de meses con los partidos de la liga española, la premier league inglesa, o la serie A italiana. Pero también puede ser que reciba una visita policial y termine jugando al futbol con otros reclusos en un centro penitenciario). Si a este detalle, casi sin importancia, le sumamos el hecho de que todos los canales de televisión en Cuba son propiedad del estado, y son dirigidos siguiendo directrices “desde arriba”, sin demasiados análisis de rating, y con programas que duran 10 años en cartelera, entonces usted entenderá un poco el porqué el futbolero cubano ha aprendido a disfrutar el futbol en dosis minúsculas: dos partidos a la semana, uno de Europa y otro de alguna liga latinoamericana, con 3 días de atraso en caso de la liga de campeones, y con una semana completa, en caso de ser un partido de cualquier liga europea.

En dichas circunstancias, el hecho de que la televisión cubana, bajo el influjo de algunas almas caritativas, haya trasmitido los clásicos del futbol español, el mismo día en que ocurren (a veces en vivo, a veces un par de horas más tarde) resulta como para tirar cohetes.

Sin embargo, lo malo de las limosnas es que dependen del ánimo, generalmente voluble de los “benefactores”.

Sucede también que en Cuba solo tenemos un canal que incluye deportes en su programación, con un noticiero deportivo que dedica 20 minutos a los “gloriosos éxitos” de los deportistas cubanos, ya sea en la arena internacional o en torneos municipales o regionales o barriales… Y apenas 10 minutos para reseñar todo el resto del panorama mundial.
La consigna es clara y concisa: lo mío primero. Una frase usada por una marca de cerveza criolla para promoverse y que sirve también para inflar delirios de grandeza y promover mediocridades nacionales en detrimento de productos foráneos de mayor calidad. Lo mío no es mejor, pudiera decir la frase en una versión extendida, pero sí va primero… ¿Por qué? No queda claro. Simplemente porque es lo mío. Y punto en boca.

La frase en cuestión fue usada hace algunos días por una periodista local para fustigar la decisión de trasmitir el partido de la copa del rey entre el Real Madrid y el Barcelona, en detrimento del partido de beisbol que correspondía. Quizás nuestro pasatiempo nacional haya perdido espectacularidad, dijo la periodista, pero es nuestro. Y fue entonces que soltó la frase de la propaganda cervecera, como un dardo afilado y demoledor, dirigido al pecho mismo de los apostatas extranjerizantes que prefirieron mostrar el clásico español antes que un partido de beisbol local.

Tengo que confesar que el comentario de la periodista me llenó la cabeza de argumentos incendiarios. Y de inmediato comencé a buscar razones para justificar una opción sobre otra.

No se puede negar el hecho de que el beisbol es el deporte nacional y que generalmente tiene gran audiencia televisiva (de hecho es el único espectáculo deportivo que se trasmite seis días a la semana). Pero el clásico de los dos equipos grandes de España es un espectáculo tan raro y cautivador que solo puede compararse a determinados fenómenos astronómicos como los eclipses de luna o de sol, o el paso de algún cometa. Y el partido de beisbol sacrificado era un partido más, uno de tantos que se trasmite un día sí, y otro también. Sin embargo la consigna cervecera no admite ambigüedades ni excepciones: lo mío primero. Escúchese Los Van Van y no los Beatles. Léase a Padura antes que a García Márquez o Vargas Llosa. Disfrute a Silvio en detrimento de Serrat o Sabina. Lo mío primero y amen.

Perdido estaba en este debate “filosófico” cuando me di cuenta que había caído en una trampa sutil: me estaban obligando a escoger.

Beisbol o futbol. Local o internacional. Lo nuestro o lo de “afuera”. La tradición o la novedad.

El comentario de la periodista siempre había ido por los causes de que una sola de las opciones podía estar a mi alcance, y este servidor se había dejado arrastrar en esa dirección estéril.

Pero…

¿Y qué tal si el público pudiera escoger? El beisbol en un canal, el futbol en el otro, y la novela en un tercero. Y cada uno tomando la decisión que le place. O haciendo zapping entre unos y otros, formando una ensalada de dramatismo incalculable. O pasando de todo y marchándose a la cama (lo cual muchas veces termina siendo la decisión más sabia).
Fue entonces que me di cuenta de que se había producido una situación interesante, cuyo alcance iba más allá de los ámbitos del deporte y la televisión. Y es que, tantos años de escasez, embargo, improductividad e inmovilismo, nos han terminado convirtiendo en un pueblo binario. Donde tener dos opciones a escoger ya viene siendo un lujo. Así que hemos desarrollado algún tipo de condicionamiento que rechaza lo variado. Lo múltiple. No hay matices en nuestra paleta de colores. Es blanco o es negro. Es bueno o es malo. Es nuestro o es de afuera. Y a escoger se ha dicho.

Supongo que algo así fue lo que pasó por la mente de la periodista a la hora de redactar su comentario. Nunca vio una tercera vía. Tampoco se atrevió a imaginarla. Simplemente se dedicó a escoger entre dos variantes que le parecían irreconciliables, donde la existencia de una significaba la desaparición de la otra. Y de paso, quizás sin darse cuenta, nos conminó a hacer lo mismo.

Pero este servidor, después de pensar un poco prefiere imaginar que existe para Cuba una tercera vía. Y una cuarta. Y una quinta. Todo es cuestión de proponérselo. Y que el futbol puede convivir con el beisbol y la novela y los noticiarios y las películas. Y que, escapando del alcance de la programación televisiva, puede haber múltiples opciones para todos los problemas que enfrenta la nación. Todo es cuestión de no cerrarse a dos opciones. De no dejarse empobrecer por la costumbre. Porque entre perder o perder es preferible no escoger nada.

http://www.aguadadepasajeros.bravepages.com/cs/menu.htm

Nadie escuchaba

http://www.youtube.com/watch?v=9Me-5wryFDQ



Los muertos de Castro

http://www.youtube.com/watch?v=33bc86Tuvp4



Las torturas de Castro

http://video.google.com/videoplay?docid=-7621579934904198438



Conducta impropia

http://z11.invisionfree.com/Basta_de_opresion/index.php?showtopic=2278



Guevara , anatomia de un mito

http://video.google.com/videoplay?docid=3564213335176871572



Instituto de la memoria historica cubana contra el totalitarismo

http://www.cubamemorial.net/Documentales.htm
Berna

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Acerca de mi

Yo:el cubano de la isla
De:La Habana, Cuba
Soy:un tipo común que mira y mira y cada vez entiende menos

 

Ya Cortazar lo contó una vez de esta forma...


La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo... Una isla rocosa y desierta, aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podí­a ser una casa, quizás un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente mediodía.